miércoles 2 de agosto
Madrugada. El despertador toca a las 3 de la mañana porque tenemos que coger un vuelo mañanero de la Lufthansa que viene de Frankfurt y, tras una escala en São Paulo, aterriza en Buenos Aires. Es un 747 cuyo morro todavía está decorado con un balón de fútbol.
Al fin y al cabo, el Mundial acabó hace menos de dos meses. El servicio a bordo, impecable. Para el que está habituado a volar con la antipatía omnipresente del personal de Iberia, lo de Lufthansa parece una línea aérea de lujo.
Llegamos bastante pronto a Buenos Aires, y a las 10 ya estamos en el hotel Sheltown. Hemos hecho el recorrido desde el aeropuerto en un periquete en un remis de la empresa Manuel Tienda León. Fuera de las horas punta, el tráfico en Buenos Aires nos parece aceptable, especialmente para alguien que viene del infierno circulatorio que es São Paulo. Nuestra base para los próximos días está en la calle Marcelo T de Alvear, muy cerca de la plaza San Martín y en la misma manzana en la que Borges vivió durante 40 años. Partiendo de una situación tan estratégica, vamos a hacer la mayor parte de nuestros recorridos a pie [SATÉLITE].
Tenemos casi un día entero por delante. Con las maletas en los cuartos, nos lanzamos a la calle. Tres manzanas y estamos en la impresionante avenida 9 de julio, una especie de Amazonas viario surcado por infinitos carriles por los que suben y bajan una sucesión interminable de vehículos [SATÉLITE]. En un momento nos plantamos delante del teatro Colón [SATÉLITE]. Nuestra intención era hacer una visita guiada ese mismo día, pero no va a ser posible, todos los horarios están agotados y no hay nada hasta el jueves.
Llegamos al obelisco. Ese tótem gigantesco ante el cual se paran los coches y desfilan porteños y turistas, todos bien abrigados. Un buen lugar para sentarse y tomarle el pulso a la ciudad.
Del obelisco a la Avenida de Mayo. Giramos hacia la izquierda y bajamos rumbo a la Plaza de Mayo. Esa sensación de estar paseando por el centro de una ciudad española se apodera de nosotros por primera vez en el viaje. Las aceras, los árboles sin hojas, la gente, hasta las cabinas de la Telefónica. Como si estuviéramos en España.
Solo que no lo estamos. Para mí, este es el equívoco principal de algunos turistas europeos que desprecian Buenos Aires por ser “otra ciudad europea más”. Sí, Buenos Aires tiene la majestuosidad de París y tantas otras características que nos remiten a Europa. Pero es una ciudad latinoamericana, con un fuerte énfasis en lo latino, y una pizca de americano – ¡oh, continente desunido! -. Ahí radica su encanto.
Estamos en la plaza de Mayo, con la inconfundible tonalidad de la Casa Rosada al fondo de la plaza [SATÉLITE]. Entre banderas argentinas, palomas, turistas y manifestantes, nos vamos acercando a la sede de la presidencia argentina.
Lo hacemos con cierta precaución, porque hay una sonora manifestación en una esquina de la plaza, y los antidisturbios se han desplegado por varios lugares estratégicos. Las manifestaciones y las protestas populares son un acontecimiento tan cotidiano delante de la Casa Rosada que la plaza cuenta como parte del mobiliario urbano con unas barreras metálicas de quita y pon que permiten aislar rápidamente la Casa Rosada en caso de necesidad.
En el suelo de la plaza están pintados pañuelos blancos que recuerdan a las Madres de la Plaza de Mayo, que desfilaron todas las semanas hasta el 26 de enero de 2006 (algún grupo disidente continúa desfilando hasta la actualidad [Wikipedia]).
Entramos en la Catedral Metropolitana, el principal templo católico de Buenos Aires . Su estilo neoclásico contrasta con lo que normalmente se espera de una catedral. Lo que más nos maravilla del lugar es el piso, fabricado en Inglaterra en mosaico veneciano.
Uno de los extremos de la calle Florida está a un tiro de piedra de la catedral. Si ante el obelisco desfilaba un torbellino de coches, por la calle Florida, a la hora punta del almuerzo, pasa una riada humana que llega a intimidar . Una pequeña distracción, y uno se ve arrastrado por la masa. Buenos Aires es una ciudad viva, no resulta difícil dejarse llevar por sus venas.
La Florida es la calle de compras por excelencia. No significa eso necesariamente que en ella se encuentren los mejores productos o los mejores precios, pero en ella inevitablemente acabamos todos en algún momento u otro de nuestro recorrido por Buenos Aires. Para muchos brasileños, parece que el circuito de compras porteño se limita a esta vía.
Hay momentos en los que nos da la sensación de estar paseando por la Avenida Paulista, solo oímos portugués. La calle Florida es una sucesión interminable de tiendas y de artistas callejeros que buscan su sustento entre los peatones. Aunque con una fisonomía completamente diferente, en este sentido recuerda bastante a las Ramblas barcelonesas.
A la calle Florida le corta la Avenida Corrientes, una de las principales calles de la capital. Giramos a la derecha, entramos en la Avenida Corrientes, y bajamos hacia Puerto Madero, pasando por la inevitable Corrientes 348 –inmortalizada por el tango “A Media Luz”.
En el tramo final de la Avenida el paisaje se abre, y las calles encajonadas entre edificios dan lugar a espacios abiertos, a más verde. El edificio del Correo Central es impresionante, con su arquitectura academicista francesa.
Al otro lado del edificio está Puerto Madero, el más nuevo, lujoso, pijo y caro de todos los barrios porteños. Como en otras ciudades del mundo, la zona portuaria ha pasado por un proceso de revitalización espectacular – con la asesoría en este caso de las autoridades barcelonesas -. Donde antes había almacenes ahora se levantan imponentes rascacielos. En los muelles malolientes de antaño ahora funcionan restaurantes de categoría [SATÉLITE] .
Una zona degradada de la ciudad fue sustituida por una zona pujante en la que el gran capital exhibe casi obscenamente su poderío. La sensación de que se está en un Buenos Aires diferente es permanente. El vidrio y el acero sustituyen al clasicismo de otros barrios [Wikipedia].
El paseo a lo largo de Puerto Madero es muy agradable, a pesar de la temperatura gélida y el viento que sopla del mar. Hoy no apetece sentarse al aire libre, y nos metemos a comer en el restaurante Justo Corrientes. Antes nos hemos acercado a la renombradísima Cabaña de las Lilas, pero sus precios nos han parecido exagerados. En Justo Corrientes vamos a comer un bife de chorizo de esos que cortan la respiración. El cuchillo penetra el grueso filete como si de mantequilla se tratara. Qué delicia. Qué deleite. Nunca más pediremos bife de chorizo en Brasil, lo que nos han servido hasta ahora en São Paulo es un sucedáneo que no le llega ni a la suela del zapato a la carne argentina.
Después de la carne, nada mejor que un helado (¡qué helados!) y un paseo otra vez por Puerto Madero.
Ponemos rumbo de vuelta a la calle Florida. Vamos a acabar de recorrerla en nuestro camino de vuelta al hotel. La última parada obligatoria antes del hotel son las Galerías Pacífico, un centro comercial tan caro como bonito .
Vale la pena entrar aunque solo sea para ver la decoración de las cúpulas en su interior . Aprovechamos que cae la noche para comer unas empanadas argentinas (diferentes de las españolas, [Wikipedia]) antes de retirarnos a dormir. Nos levantamos hace más de 19 horas. Tenemos que recuperar fuerzas después de los 9 kilómetros que hemos recorrido hoy.
jueves 3 de agosto
Aunque nadie nos obligaba a superar el palizón de andar de ayer, parece que lo vamos a conseguir. Hoy nos vamos a La Recoleta.
La primera parada está al lado del hotel, en la Plaza San Martín. Admiramos el monumento al general San Martín, y nos acercamos al monumento a los Caídos en la Guerra de las Malvinas. En la plaza de San Martín existe un recinto cercado en el que los paseadores de perros – personajes inevitables en el paisaje porteño – dejan a sus protegidos para que corran libremente.
Comenzamos a andar por la avenida Santa Fe. Cruzamos la 9 de julio y proseguimos por la Santa Fe hasta el cruce con la avenida Callao. Allí giramos a la derecha y, chino chano, estamos en la puerta del cementerio de La Recoleta, el símbolo más conocido del distinguido barrio del mismo nombre.
La necrópolis es una auténtica ciudad en miniatura, en la que enormes mausoleos hacen las veces de edificios y manzanas de casas. En La Recoleta se encuentran todos los estilos arquitectónicos.
El cementerio alberga muchos mausoleos de mármol, decorados con estatuas, en una amplia variedad de estilos arquitectónicos. Se halla organizado en manzanas, con amplias avenidas arboladas que dan a callejones laterales donde se alinean los mausoleos. En La Recoleta descansan nombres ilustres de la historia argentina. Los turistas se vuelven locos para encontrar el mausoleo de la familia Perón, bien escondido y relativamente discreto él. Pero son las estatuas de otras tumbas las que roban la atención de la cámara.
Al lado de La Recoleta está la relativamente interesante iglesia de Nuestra Señora del Pilar. Por muy ateo que uno sea, la sangre maña tira, y no podemos dejar de visitarla. Después, combatimos el gélido frío invernal con un café en el Buenos Aires Design Center.
No llegamos a cruzar hasta el Museo Nacional de Bellas Artes, pero damos una pequeña vuelta por el barrio, acercándonos primero al Hotel Alvear Palace epítome del lujo, pasando después por el célebre café La Biela, y buscando finalmente un lugar para comer.
La vuelta al hotel la hacemos desandando el camino hecho por la mañana. Con un pequeño desvío para acercarnos al Teatro Colón y reservar lugar en la visita guiada del sábado, dentro de dos días.
El cuentakilómetros virtual registra la marca de 13 kilómetros. Sólo una ciudad como Buenos Aires para estimular las piernas de estos viajeros.
viernes 4 de agosto

Comenzamos nuestro día acercándonos hasta La Boca. Pillamos un taxi en el hotel y en poco rato estamos ya en El Caminito, la calle más fólclorica de un barrio denostado por muchos y visitado por casi todos. Como elegimos llegar a La Boca antes de que lo hagan los autobuses cargados de turistas, nuestro recorrido por el barrio es más disfrutable de lo que otros relatos viajeros nos podrían haber hecho pensar. No hay gente bailando tango en las calles, no hay demasiados turistas intentado hacerse todos la misma foto, por no haber, casi no hay ni vendedores ambulantes, que comienzan ahora a montar sus tenderetes.
La Boca, barrio portuario y proletario, está indeleblemente asociada a la mitología de dos productos genuinamente argentinos: el tango y el fútbol. En este paseo no llegaremos hasta la Bombonera, el estadio del Boca Juniors, que se asoma impresionante al fondo de la calle. Pero sí recorreremos unas cuantas calles del barrio, contemplando las coloridas casas de chapa de metal acanalado, y los muñecos y esculturas esparcidos por la parte más turística del barrio.
Bien antes del mediodía, estamos ya camino de San Telmo. Un taxi nos lleva de La Boca hasta el centro neurálgico del barrio, la Plaza Dorrego, en la que los domingos se celebra un conocidísimo mercado de antigüedades. Hoy es viernes y la plaza está semidesierta. Damos una vuelta y nos ponemos a caminar por el barrio, admirando sus calles y sus caserones coloniales, y descubriendo detalles aquí y allá. Nos tomamos un café en un bar muy simple, que está sin luz y sin agua. La dueña se deshace en atenciones, con esa simpatía desbordante de los argentinos, que cuando quieren ser cariñosos, pocos les superan.
Poco a poco vamos saliendo de San Telmo y entrando en el barrio de Monserrat (Casco Histórico). Nos quedamos deslumbrados con la majestuosidad e imponencia de algunos de sus edificios.
Parada para comer, y metro para cambiar de paisaje. Vamos a pasar la tarde en el barrio de Palermo, recorriendos sus jardines, el auténtico pulmón de la ciudad. Bajamos por la avenida Sarmiento, bordeando el zoológico de Buenos Aires, hasta llegar al Monumento de los Españoles. De allí, y siempre rodeados de árboles, vamos hasta el Jardín Japonés, un delicioso parque donado por la comunidad nipona de Buenos Aires que reproduce un jardín oriental. Para el que viene de un lugar con una cultura japonesa tan presente como es São Paulo, el parque no sorprende tanto. Pero no por ello deja de brindar al visitante un espacio en el que descansar y disfrutar.
Hoy ha vuelto a ser un auténtico palizón de caminar, y no nos quedan fuerzas para buscar una cena muy lejos del hotel.
sábado 5 de agosto
¡Qué frío hace! Bien abrigados, entramos en el metro y camino del Congreso nos paramos de repente en la estación Lavalle al ver un azulejo con la imagen de la basílica de El Pilar. Ya sabéis perfectamente que la devoción mariana no es mi fuerte, pero ver una postal de tu ciudad en el metro de una capital como Buenos Aires siempre produce un cosquilleo interesante. En realidad, varias estaciones de esa línea del metro están decoradas con imágenes de diferentes ciudades españolas.
Salimos al aire libre delante del Congreso de la Nación en un día gris que hace que el edificio todavía parezca más gris de lo que ya lo es. Como era el caso en otras partes de la capital, el centro de la plaza está siendo restaurado, por lo que las tapias y los andamios quitan un poco de encanto a la majestuosa plaza que se encuentra delante del Congreso.
Bajamos por la Avenida de Mayo hasta la 9 de julio, un festival de detalles en los edificios que bordean la avenida. Al mediodía comienza la visita guiada al Teatro Colón. Ya estábamos preparados para lo que venía a continuación, pero no por ello disfrutamos menos la visita al Teatro.
El recorrido por la parte visible del Teatro es muy interesante. Un bellísimo edificio que ahora ha cerrado sus puertas para un lavado de cara antes de su aniversario. Pero lo más alucinante de esa visita guiada es el recorrido por la parte escondida del teatro, por los diferentes talleres que se encuentran en los varios sótanos que se esconden por debajo de tierra. La auténtica alma del teatro, en la que centenares de profesionales trabajan como hormigas para preparar la siguiente función. En el taller de costura, media docena de personas trabajan en la preparación de la ropa que va a vestir el próximo tenor. En el taller de peluquería, pelucas de todos los tamaños y colores van quedando listas. En el inmenso e inimaginable espacio dedicado a la construcción de escenarios y atrezzo vario, estudiantes de un curso de bellas artes acaban sus clases rodeados de restos de esculturas que evocan a griegos, romanos y egipcios. Fue una visita emocionante.
Del Colón salimos para comer en el Palacio de la Papa Frita, donde devoramos con deleite una deliciosa fuente de patatas suflé, entre otros manjares esquisitos. Y de ahí, a tomar un café en el Tortoni, abarrotado de turistas y locales a partes iguales. El resto de la tarde lo pasamos por la calle Florida haciendo compras de última hora, que nos vamos mañana.
Por la noche nos acercamos a la Plaza de Mayo para verla iluminada por la noche, y de ahí a Puerto Madero para despedirnos de Buenos Aires con una deliciosa provoleta, un suculento bife de chorizo y un estupendo helado.
domingo 6 de agosto
Debido al horario de nuestro vuelo, no tenemos tiempo de acercarnos a la feria de San Telmo. Damos una vuelta rápida por la calle, y nos vamos.













